Me trajo mi madre al mundo el 17 de enero de 1988. Según me cuentan, crecí asustado de los juguetes motorizados y desde pequeño mostré interés en construir pisos con Lego, pero nunca me planteé siquiera dedicarme a la arquitectura. Yo tenía claro que quería "ser cartero como mi papá", palabras que llenaron, si la monarquía me permite la expresión, de orgullo y satisfacción a mi señor padre, por aquel entonces cartero de profesión. Sin embargo, un giro neuronal repentino me llevó al camino del estudio del lenguaje natural. De su arquitectura, a fin de cuentas. Efectivamente, algo tiene que ver con las fabulosas piezas de Lego, aunque a un nivel de abstracción considerable. Y sigo jugando con esas piezas cada día, aunque ello me suponga pasarme el día encerrado, leyendo y planteándome si esta cosa llamada sintaxis me va a dar de comer en el futuro.
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